Die Braut Von Korinth (La Novia de Corinto),

de Johann Wolfgang Goethe

(1797)


Die Braut Von Korinth (La Novia de Corinto) está basada en una historia clásica. Los detalles del relato que inspiró a Goethe pueden encontrarse aquí. A continuación exponemos una traducción libre a partir del original alemán.

A Corinto llegó desde Atenas
un joven a quien nadie conocía.
Y se dirigió a ver a un ciudadano,
unido a su padre por la amistad,
que tiempo atrás habían convenido
que hija e hijo
novia y novio habrían de ser.

Más ¿sería aún bienvenido,
aún cuando no se puede comprar
la merced con el cariño?
El es áun pagano como los suyos,
y ellos ya son cristianos butizados.
Cuando una nueva fe nace,
el amor y las promesas
como mala hierba son cortadas.

Ya todos en la casa reposan,
padre, hija, sólo la madre está despierta;
y recibe al invitado con la mejor de las voluntades,
allí en la estancia de más fasto.
Vino y manjares le ofrece,
antes de que los pida;
y así ya bien atendido le desea buenas noches.

Pero a pesar de las viandas,
él no siente deseos de comer;
la fatiga le hace olvidar el alimento y la bebida,
y aún vestido se echa sobre el lecho.
Y estaba casi dormido,
cuando un extraño huesped
se introduce en la habitación.

Y con el resplandor de la lámpara puede ver
como entra, cubierta con velo y túnica blancos,
una joven silenciosa en la habitación,
ceñida la frente por una banda dorada y negra.
Tan pronto como lo ve,
asustada y con sorpresa,
alza una mano blanca.

¿Soy yo, -exclama-, acaso una extraña soy en mi casa,
que no me advierten de la presencia de un huesped?
¡Ay, que me tienen en encierro!
Y ahora de este modo me cubren de verguenza.
Pero permanece tranquilo
que he de irme,
con la misma rapidez con que llegué

- ¡No te vayas, hermosa joven!- ruega el joven
que salta del lecho velozmente:
He aquí los dones de Ceres, aquí los de Baco,
¡y tú traes es el amor, querida criatura!
¡Pálida estás del susto!
¡Querida, ven, y permite,
permite que veamos, cuan felices son los dioses!

¡No te acerques a mí, oh joven! Detente ahí,
yo no participo de tu contento.
El último paso, ¡ay! lo dio ya
mi buena madre, cuando en su delirante enfermedad,
hizo un voto convaleciente:
Juventud y natura
al cielo sean desde ahora consagrados.

Y cuando el cortejo de los antiguos dioses partió
la casa quedó vacía y en silencio.
Sólo un Dios invisible quedó en el cielo
y un Salvador en la Cruz es venerado;
Sus víctimas aquí
no son el toro ni el cordero,
sino los indignos sacrificios humanos.

Y el joven pregunta y medita cada palabra,
y ninguna escapa a su mente.
¿Será posible que en esta silenciosa estancia
esté yo junto a mi querida prometida?
¡Se mia entonces!
El juramento de nustros padres
nos dio ya la bendición del cielo.

¡No soy tuya, alma buena!
Es mi hermana pequeña la que te han destinado.
Cuando en mi callada celda quede atormentada,
¡Ay! piensa en mi cuando estés en sus brazos
en mí, que pienso en tí,
en mí, consumida de amor;
pronto estaré escondida en la tierra.

--¡No! ¡Juremos a la luz de esta antorcha
que nos muestra amable nuestro himeneo
que no te perderás ni para mi ni para el goce,
ven conmigo a la casa de mi padre.
Querida ¡quédate aquí!
Festejemos en este mismo instante
nuestro banquete de bodas!

Y así intercambian prendas de fidelidad:
Rica cadena de oro ella le entraga a él,
y él a ella desea entregar una copa,
de plata, de hermosa factura omo ninguna.
Esta no es para mi;
dame mejor, amor mio,
un rizo de tu incomparable pelo.

Suena en ese instante la hora de los fantasmas,
y sólo ahora parecía estar dichosa.
Con ávidez su pálida boca
bbe el vino del color de la oscura sangre;
pero del pan,
que con cariño le ofrecen,
no toma ni el más pequeño bocado.

Y ella ofrece luego la copa al joven,
que, igual que ella, con ansia y deseo apura.
Y en aquel tranquilo banquete él la reclama;
Ay, su corazón está enfermo de amor.
Más ella se resiste,
a sus súplicas,
hasta que él llorando se hundió en la cama.

Y llegando junto a él ella se tendió a us lado:
¡Oh! Como me apena verte sufrir;
Pero, ¡ay! toca mis extremidades,
y estremécete ante lo que escondo.
Blanca como la nieve,
pero fría como el hielo
así es la amante, que has escogido.

Con brazos fuertes y apasionados,
la estrechó llevado por la fuerza del amor;
Espero entonces darte calor,
¡aunque hayas sido enviada a mi desde la tumba!
¡Intercambio de alientos y besos!
¡Abundacia de amorosos fluidos!
¿No ardes al ver la llama que me devora?

El amor les unió con más fuerza,
Con el deso se mezclan sus lágrimas;
De su boca sorbe ella las llamas,
y cada uno se siente a si mismo en el otro.
El joven con su ardor
enciende su sangre coagulada;
pero no hay corazón palpitante en su pecho.

Pero mientras avanza por el pasillo
la madre que acostumbra a velar hasta tarde,
y parada tras la puerta se demora,
escuchando aquellos extraordinarios sonidos:
Quejas y suspiros
de novia y novio
y de su compartido frenesí.

Inmóvil permanece ante la puerta,
porque quiere estar bien segura,
y escucha solemnes juramentos de amor,
amorosas y tiernas palabras que la disgustan.
¡Para! ¡Que ya canta el gallo!
Pero mañana  a la noche
¿vendrás de nuevo? - y un beso sigue a otro beso.

Ya más tiempo la madre no puede contenerse,
y abre la dichosa cerradura.
¿Quién es la ramera qué en esta casa
así se entrega al extraño?
Y allí parada queda en la puerta.
A la luz de la lámpara
distingue -¡Dios! a su propia criatura.

Y el joven en ese primer momento de horror
quiere cubrir con el velo a la novia,
cubrir a su amante con la sábana;
sin embargo ella se alza con altivez.
Con la furia de un fantasma
levanta su figura
alzándose larga y lentamente sobre el lecho.

¡Madre! ¡Madre! exclama con voz hueca,
¡Así es como me amargas esta hermosa noche!
Me expulsas de este cálido lugar,
¿Me desperté sólo para entrgarme a la desesperación?
¿No fue sufciente,
ponerme la mortaja,
y llevarme prematuramente a la tumba?

Pero fuera de mi mal cerrada tumba
me sacó un extraños impulso.
Los cantos susurrados de tus sacerdotes
ni sus bendiciones tienen peso alguno;
la sal y el agua no enfrian
los ardores de la juventud;
¡Ay! La tierra no enfría el amor.

Este joven me fue prometido desde antes,
cuando aún estaba en pie el sereno templo de Venus.
Madre, pero tú rompiste tu palabra,
¡por un extraño, falso y absurdo voto!
Pero ningún Dios escucha,
cuando una madre jura,
para rechazar la mano de su hija.

Una fuerza me expulsa fuera de la tumba,
en busca de todo lo bueno que me fue arrebatado,
incluido a mi hombre ya perdido,
y para sorber la sangre de su corazón.
Ya está perdido,
debo ir tras otro,
y los jóvenes sucumbirán a mi ira.

¡Bello joven! ya no vivirás más tiempo;
Aquí habrás de morir consumido.
Mi cadena te dí;
yo me llevo el mechón de tus cabellos.
¡Míralo de cerca!
Mañana tu cabeza será gris,
y sólo éste mechón seguirá negro.

Ahora, madre, sólo una última cosa te pido:
una pira debes preparar;
abre mi pequeña y estrecha morada,
y da reposo a los amantes entre las llamas;
Cuando la chispa salte,
cuando las cenizas refuljan,
nos elevaremos hasta los antiguos dioses.

Nach Korinthus von Athen gezogen
Kam ein Jüngling, dort noch unbekannt.
Einen Bürger hofft' er sich gewogen;
Beide Väter waren gastverwandt,
Hatten frühe schon
Töchterchen und Sohn
Braut und Bräutigam voraus genannt.

Aber wird er auch willkommen scheinen,
Wenn er teuer nicht die Gunst erkauft?
Er ist noch ein Heide mit den Seinen,
Und sie sind schon Christen und getauft.
Keimt ein Glaube neu,
Wird oft Lieb' und Treu
Wie ein böses Unkraut ausgerauft.

Und schon lag das ganze Haus im stillen,
Vater, Töchter, nur die Mutter wacht;
Sie empfängt den Gast mit bestem Willen,
Gleich ins Prunkgemach wird er gebracht.
Wein und Essen prangt,
Eh er es verlangt;
So versorgend wünscht sie gute Nacht.

Aber bei dem wohlbestellten Essen
Wird die Lust der Speise nicht erregt;
Müdigkeit läβt Speis' und Trank vergessen,
Daβ er angekleidet sich aufs Bette legt;
Und er schlummert fast,
Als ein seltner Gast
Sich zur offnen Tür herein bewegt.

Denn er sieht, bei seiner Lampe Schimmer
Tritt, mit weiβem Schleier und Gewand,
Sittsam still ein Mädchen in das Zimmer,
Um die Stirn ein schwarz- und goldnes Band.
Wie sie ihn erblickt,
Hebt sie, die erschrickt,
Mit Erstaunen eine weiβe Hand.

Bin ich, rief sie aus, so fremd im Hause,
Daβ ich von dem Gaste nichts vernahm?
Ach, so hält man mich in meiner Klause!
Und nun überfällt mich hier die Scham.
Ruhe nur so fort
Auf dem Lager dort,
Und ich gehe schnell, so wie ich kam.

Bleibe, schönes Mädchen! ruft der Knabe,
Rafft von seinem Lager sich geschwind:
Hier ist Ceres', hier ist Bacchus' Gabe,
Und du bringst den Amor, liebes Kind!
Bist vor Schrecken blaβ!
Liebe, komm und laβ,
Laβ uns sehn, wie froh die Götter sind!

Ferne bleib, o Jüngling! bleibe stehen,
Ich gehöre nicht den Freuden an.
Schon der letzte Schritt ist, ach! geschehen
Durch der guten Mutter kranken Wahn,
Die genesend schwur:
Jugend und Natur
Sei dem Himmel künftig untertan.

Und der alten Götter bunt Gewimmel
Hat sogleich das stille Haus geleert.
Unsichtbar wird Einer nur im Himmel
Und ein Heiland wird am Kreuz verehrt;
Opfer fallen hier,
Weder Lamm noch Stier,
Aber Menschenopfer unerhört.

Und er fragt und wäget alle Worte,
Deren keines seinem Geist entgeht.
Ist es möglich, daβ am stillen Orte
Die geliebte Braut hier vor mir steht?
Sei die Meine nur!
Unsrer Väter Schwur
Hat vom Himmel Segen uns erfleht.

Mich erhälst du nicht, du gute Seele!
Meiner zweiten Schwester gönnt man dich.
Wenn ich mich in stiller Klause quäle,
Ach! in ihren Armen denk an mich,
Die an dich nur denkt,
Die sich liebend kränkt;
In die Erde bald verbirgt sie sich.

Nein! bei dieser Flamme sei's geschworen,
Gütig zeigt sie Hymen uns voraus,
Bist der Freude nicht und mir verloren,
Kommst mit mir in meines Vaters Haus.
Liebchen, bleibe hier!
Feire gleich mit mir
Unerwartet unsern Hochzeitschmaus!

Und schon wechseln sie der Treue Zeichen:
Golden reicht sie ihm die Kette dar,
Und er will ihr eine Schale reichen,
Silbern, künstlich, wie nicht eine war.
Die ist nicht für mich;
Doch, ich bitte dich,
Eine Locke gib von deinem Haar.

Eben schlug dumpf die Geisterstunde,
Und nun schien es ihr erst wohl zu sein.
Gierig schlürfte sie mit blassem Munde
Nun den dunkel blutgefärbten Wein;
Doch vom Weizenbrot,
Das er freundlich bot,
Nahm sie nicht den kleinsten Bissen ein.

Und dem Jüngling reichte sie die Schale,
Der, wie sie, nun hastig lüstern trank.
Liebe fordert er beim stillen Mahle;
Ach, sein armes Herz war liebekrank.
Doch sie widersteht,
Wie er immer fleht,
Bis er weinend auf das Bette sank.

Und sie kommt und wirft sich zu ihm nieder:
Ach, wie ungern seh' ich dich gequält;
Aber, ach! berührst du meine Glieder,
Fühlst du schaudernd, was ich dir verhehlt.
Wie der Schnee so weiβ,
Aber kalt wie Eis
Ist das Liebchen, das du dir erwählt.

Heftig faβt er sie mit starken Armen,
Von der Liebe Jugendkraft durchmannt:
Hoffe doch bei mir noch zu erwarmen,
Wärst du selbst mir aus dem Grab gesandt!
Wechselhauch und Kuβ!
Liebesüberfluβ!
Brennst du nicht und fühlest mich entbrannt?

Liebe schlieβet fester sie zusammen,
Tränen mischen sich in ihre Lust;
Gierig saugt sie seines Mundes Flammen,
Eins ist nur im andern sich bewuβt.
Seine Liebeswut
Wärmt iht starres Blut;
Doch es schlägt kein Herz in ihrer Brust.

Unterdessen schleichet auf dem Gange
Häuslich spät die Mutter noch vorbei,
Horchet an der Tür und horchet lange,
Welch ein sonderbarer Ton es sei:
Klag- und Wonnelaut
Bräutigams und Braut
Und des Liebestammelns Raserei.

Unbeweglich bleibt sie an der Türe,
Weil sie erst sich überzeugen muβ,
Und sie hört die höchsten Liebesschwüre,
Lieb' und Schmeichelworte mit Verdruβ-
Still! der Hahn erwacht!-
Aber morgen Nacht
Bist du wieder da? - und Kuβ auf Kuβ.

Länger hält die Mutter nicht das Zürnen,
Öffnet das bekannte Schloβ geschwind:
Gibt es hier im Hause solche Dirnen,
Die dem Fremden gleich zu Willen sind?-
So zur Tür hinein.
Bei der Lampe Schein
Sieht sie - Gott! sie sieht ihr eigen Kind.

Und der Jüngling will im ersten Schrecken
Mit des Mädchens eignem Schleierflor,
Mit dem Teppich die Geliebte decken;
Doch sie windet gleich sich selbst hervor.
Wie mit Geists Gewalt
Hebet die Gestalt
Lang und langsam sich im Bett empor.

Mutter! Mutter! spricht sie hohle Worte,
So miβgönnt ihr mir die schöne Nacht!
Ihr vertreibt mich von dem warmen Orte,
Bin ich zur Verzweiflung nur erwacht?
Ist's Euch nicht genug,
Daβ ins Leichentuch,
Daβ Ihr früh mich in das Grab gebracht?

Aber aus der schwerbedeckten Enge
Treibet mich ein eigenes Gericht.
Eurer Priester summende Gesänge
Und ihr Segen haben kein Gewicht;
Salz und Wasser kühlt
Nicht, wo Jugend fühlt;
Ach! die Erde kühlt die Liebe nicht.

Dieser Jüngling war mir erst versprochen,
Als noch Venus' heitrer Tempel stand.
Mutter, habt Ihr doch das Wort gebrochen,
Weil ein fremd, ein falsch Gelübd' Euch band!
Doch kein Gott erhört,
Wenn die Mutter schwört,
Zu versagen ihrer Tochter Hand.

Aus dem Grabe werd' ich ausgetrieben,
Noch zu suchen das vermiβte Gut,
Noch den schon verlornen Mann zu lieben
Und zu saugen seines Herzens Blut.
Ist's um den geschehn,
Muβ nach andern gehn,
Und das junge Volk erliegt der Wut.

Schöner Jüngling! kannst nicht länger leben;
Du versiechest nun an diesem Ort.
Meine Kette hab' ich dir gegeben;
Deine Locke nehm' ich mit mir fort.
Sieh sie an genau!
Morgen bist du grau,
Und nur braun erscheinst du wieder dort.

Höre, Mutter, nun die letzte Bitte:
Einen Scheiterhaufen schichte du;
Öffne meine bange kleine Hütte,
Bring in Flammen Liebende zu Ruh;
Wenn der Funke sprüht,
Wenn die Asche glüht,
Eilen wir den alten Göttern zu.

© 2008. Del texto y traducciones, Javier Arries

© 2016. Diseño y contenido por Javier Arries

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